Nos enseñan que el sexo es una labor de pares, sin embargo hoy exactamente a las dos de la mañana me demostraron que puede llegar a ser una actividad colectiva, en este lugar la fidelidad solo es una palabra y el compartir lo es todo.
Eran las tres de la mañana cuando un bip bip me hizo volver a la realidad.
-Hola soy Diego- ¿llegaron bien?
Mi cabeza ya había olvidado casi todo y gracias a aquella llamada volví a las cuatro paredes de sudor y pecado.
Dos de la mañana. El olor a sexo no es una ilusión. Me doy cuenta que me encuentro casi sola en la sala. Los cuadros que adornan las paredes me llaman a gritos a disfrutar del placer de la carne. Frente a mí, una pareja tocándose y besándose como si aquella fuera su ultima velada. Los sillones blancos y negros de cuero que bordean la gran sala no son necesarios para ellos y las lámparas de madera, con sus tenues luces, serán nuestros únicos testigos.
La veintena de copas de vino a medio beber sobre las mesitas de madera me dicen que mi mejor amiga N, no solo decidió venir, hoy quiso ser parte de ellos, de los otros, de los que se dejaron llevar por todo y que ahora hacen coro con el jadeo rítmico y forzado de una película triple x que se ve por el pequeño televisor ubicado frente al bar.
Sebastián, el barman, me sirve una copa. La tomo en mi mano, doy un sorbo, me dirijo a una de las habitaciones y sé que no interrumpiré, es una regla dejar ver y dejar ser vistos. Mientras más me acerco, el miedo a ver algo que no quiero me hace tomar en el lumbral de la puerta, un gran sorbo.
Un jadeo que va al ritmo de la música, me jala y decido entrar a una de las habitaciones, N se encuentra asustada, mirando de lado a lado en medio de una cama con un hombre que le dobla la edad. A su alrededor tres parejas fornicando. Ella solo atina a ser parte del cuadrilátero. Una mano se le acerca, la sonroja, no es la de su acompañante, es de alguien ajeno. A estas alturas aquella mano podría ser de cualquiera, pero no puedo, es más de lo que puedo ver. Opte por seguir a una de las parejas que decidió salir de la habitación. Frente a la gran cama donde N prueba un poco de pecado, dos hombres maduros que son parte del público no ven las horas de ser invitados a participar de tan sacrílego espectáculo.
Camino por el pasadizo y entro a otra habitación algo más oscura que la anterior. El olor a lujuria que se pasea por el departamento sigue intacto. Sin embargo en esta habitación no puedo entrar, acá hay otras reglas, quien entra participa. Sin la intención de hacerlo me retiro hacia la sala.
Frente a mí un barman algo cansado e insatisfecho de la noche:
-Deseas una copa-
-No, gracias. ¿Qué te parece la noche?
-Muy aburrida, por lo general a esta hora es un todo contra todos, hoy el ambiente no está muy bueno.
Un trago más y estaba lista para salir corriendo.
Esto para mi ya era demasiado: Sadomasoquistas, masoquistas, voyeristas, bisexuales, y toda serie de formas de practicar el sexo.
Con las enseñanzas de diez años en colegio de señoritas y religiosas, estaba lista para de un trago terminar mi bebida, jalar a N, y bajar por las escaleras, que nos vieron subir cuatro horas atrás.
Mientras bajábamos sentía libertad, aunque mi concepto de “libertad” es algo diferente al de ellos.
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